viernes, 30 de enero de 2026

17 noviembre de 1996, Chapín

 


Un domingo. No un domingo cualquiera. Un domingo donde jugaba el Xerez CD. El próximo 17 de noviembre se recordará como el trigémiso aniversario de aquél partido. Recuerdo que estaba apunto de llover, que jugaba el Pirata con 20 añitos y se cantaba "si el Xerez se moja nos mojamos todos" (no había techo). Era entrada la noche y el Xerez CD recibía el gol de la derrota en el minuto 78. Jornada número 12 de Segunda División B, menudo pozo.

Villalba Reneses pitaba aquél partido. Igual de malo que chulo, se habia crecido por las pistas de Chapín y la prepotencia del que se sabe intocable. Como se padece hoy en día, pero a lo bestia. Más aquella noche la impacencia de los aficionados se crispaba a cada falta que pitaba, a cada gesto que mostraba, a cada minuto que pasaba. Y llegó el 78´ y marcó el equipo contrario entre la frustración generalizada. Se reventó. "A la salida te vamos a matar", se cantaba. Y casi. 

En la puerta de entrada de Chapín de 1996 un grupo de cien personas o más, aprovechando las naranjas maduras de los naranjos próximos, asaltaron las rojizas puertas y arrasaron el interior entre empujones, roturas y lanzamientos de proyectiles. Luego, derribaron señales de tráfico, volcaron coches de policía, lucharon cuerpo a cuerpo con la policía y, créanme, si no pasó algo más fue porque Dios hizo un milagro. Aquél partido fue el famoso Xerez CD - Mensajero. Perdimos, pero aquello hizo historia. Yo estuve allí. Y no me arrepiento de nada de lo que hice.

Partido

Batalla

sábado, 24 de enero de 2026

Jerez bajo la niebla


 

jueves, 22 de enero de 2026

Amigo

 



El amigo no huye, no se esconde, no se excusa.

Abre los brazos, respeta los tiempos, escucha en silencio.

Son pocos, escasos, y los reconoces en tu peor momento.

Vives lejos, vives cerca, siempre lo encuentras.


Caballero sin espada, que no falla,

no lo esperas, siempre está 

en el último escalón y también el primero.

No desfallece, te arrastra, fuerte como el acero.


En el daño, el dolor o el desmayo,

en la furiosa tormenta o el mayor de los desiertos,

estes ciego por el tiempo o dolido en el tormento,

te acompañará a las mismas puertas del infierno.


jueves, 15 de enero de 2026

El elevador de Ripley

 


Quién no se ha tenido que enfrentar en la vida a un peligro o un reto

se ha armado de valor y fuerza

y se ha montado solo en el elevador 

en el que se sube la teniente ripley

y ha bajado hasta las profundidades.

Maravillosa la película Alien, inspiradora.

domingo, 11 de enero de 2026

300

 


Hay quien celebra una derrota de Cádiz CF como si fuera una victoria, con razón. Aunque para celebrar, un ascenso a primera división o ganar un mundial con pasión. Celebrar que aquella noche pillaste mientras imaginas el rostro del "trofeo" que ganaste. Quién no celebra un buen puntillo mientras la noche calienta tu desvenguenza.

Celebrar, celebrar, cuando pasas la lejana meta de la carrera en la que te apuntaste. Conseguir la nota del exámen que te esforzaste, oír la canción favorita en el pub rodeado de colegas, descansar como héroe el peor día de trabajo que tengas.

No tiene precio, celebrar que callaste la boca del tonto más enterado, escuchar que aquella operación salió bien, que la vida te ofreció otra oportunidad para servir la venganza poética. Una victoria agónica, la palmadita del enhorabuena o escuchar de un desconocido "bien hecho" son poca cosa si celebras el reencuentro de un ser querido. 

Llorar de alegría, besar tu amor o olvidar un temor, hace celebrar con pasión. Ganar un amigo, una batalla o un tiempo perdido. El terminar ese dolor que te inflinge un adiós, dejar atrás a enemigo o el odio sobre algo perdido. Encontrar la paz y la calma, respirar. Sí, todo ello es digno de celebrar. También las trecientas entradas que este blog acaba de alcanzar. Ja.

viernes, 9 de enero de 2026

En la calle Zaragoza

 


Suena Roxette en la radio de un coche que circula por el inicio de la Calle Zaragoza. Es una música melódica y elegante que se extiende por la multitud de jóvenes que se agolpan por las aceras. Adolescentes, algunos subidos en sus vespinos estacionados, charlan y beben distendidamente en una noche de verano.  

Es una noche de junio del 1992. Todos miran con una inocencia propia de su tiempo. Una mirada joven sobre los asuntos infantiles que les preocupan. Uno reclama atención sobre dónde se ha escondido el dinero para que los kinkis no le roben al volver a su casa. Otro se ríe de los pantalones levis que se remangó para que le vean los tobillos. Alguna niña mona se arroja en los brazos del chico con flequillo que la agarra por la cintura.

Todos son simpáticos con una litrona en la mano. La pasan mientras ríen y sueñan desenfadados. Hablan con media lengua, como si con el Colegio estuvisen peleados, sobre qué hacer en ese próximo verano. Los rizos oscuros de Yolanda están perfumados, los pantalones de Susana siguen rasgados y Pedro pone su cara más seria para que le crean sensato.

Eran una pandilla maravillosa. Libres y despreocupados. De las personas que son amigos sin compromisos ni enfados. Pero si había algo que los definía, de lo que puedo darme cuenta tras estos largos años, es que nunca pedían nada a cambio. No sé si fueron sus edades, o fueron los tiempos, o simplemente un milagro, pero realmente eramos felices sin necesidad de demostrarlo.

jueves, 1 de enero de 2026

La esquina de Baranda

 


La Baranda era un sitio de paso. Un bar abierto con una planta y algunas máquinas recreativas (sobretodo recuerdo el tetris situadas en la parte de abajo). Supongo que le venía el nombre de la pasarela que ascendía hasta la planta primera, con sillas largas y oscuras y mesas redondas. No era muy grande pero si lo recuerdo como un lugar agradable y de paso. Siempre fue referencia para quedar con los amigos. Aquella esquina de Baranda. 

Justo al lado estaba Mool. Renombrado con distintos nombres, recuerdo una escalera para acceder frente a una linea de vespinos estacionados cerca de su puerta. Tras un pasillo que hacía de vestíbulo, se accedía por una puerta negra hasta un interior que permanecía oscuro y con destellos y luces deslumbrantes. Un estrado elevado, espejos en las paredes y cubos negros que se elevaban para que los que bailaban pudieran subir y así exhibirse sin verguenza ni mesura. 

Eran tiempos de chalecos negros sobre camisetas blancas, de fiestas de espuma, gomina y laca, de laser coloridos con bolas de espejos a través de vapor blanco de agua y glicerina. Cuando los vespinos reinaban en las calles de la ciudad, sin casco y con paquete, los jóvenes se sentaban en el cesped de los parques públicos y las noches eran eternas. Donde la información se pasaba con una charla, el que fumaba lo hacía donde quería, entrabas si conocías al de la puerta y se mezclaba whisky con Vodka.   

Aquella esquina de Baranda no existe. Se derrumbó bajo un edificio redondeado. Todos han olvidado sus luces, derruido sus cimientos, ignorado su historia. Yo miro hacia atrás y creo que merece un recuerdo. Aquella escalera alta, con suelos enlosados. Nadie recordará hoy aquellos momentos. Ni una foto, ni una palabra, ni un recuerdo.

viernes, 19 de diciembre de 2025

Rituales hasta la eternidad

 


La ciudad no existe. Son ladrillos puestos uno tras otro durante cientos de años. Lo que verdaderamente nos une a esos ladrillos que nos rodean son las tradiciones, que recordamos año tras año y nos conectan con las piedras de nuestra ciudad. Las tradiciones son el vino que llena la copa, que dá sentido a la ciudad, a sus calles, a sus iglesias, a sus parques. 

Me hace gracia cuando la gente critica la semana santa, la feria o las zambombas. Amigos, con ello no critican la fiesta o los borrachos que siempre habrá, no. Amigos, están criticando lo que verdaderamente da sentido y contenido a la ciudad de Jerez. Su tradición es el pegamento, la argamasa que cimienta nuestra ciudad, la une, la transmite, la celebra, la promociona. Es la sangre que corre por sus calles.

Por eso. No piensen que la Zambomba está mal o bien celebrada o celebrarla. La Zambomba es pegamento de la vida de unos ciudadanos con su Ciudad. Es la historia de una ciudad contada por unos ciudadanos que repiten sus rituales hasta la eternidad. Y sí, es cemento y cimiento de los ladrillos de la ciudad que nos vio nacer. Y esa historia se hace día a día.