Aprovechando que mi padre trabajaba en Cádiz y que el equipo de fútbol de Cádiz se encontraba en la primera división, fui a ver el Cádiz contra el Real Madrid. Era 1984 y yo no llegaba ni a los diez años. Recuerdo un ambiente poderoso, marcado de orgullo y de color amarillo en las calles aledañas del vetusto Ramón de Carranza.
Me acompañaban varias personas que trabajaban en un bar de la Plaza de España de la ciudad. Amables, modestos pero amantes de su equipo (no sé si todavía vivirán -espero y deseo que estén todavía por allí, animando a su equipo-). Todos nos sentamos en el cemento frío y gris del fondo norte. No cabía un alfiler. Yo me encogía para dejar sentarse a un hombre que venía de Medina. Hubo luego problemas con él, pero la sangre no llegó al río.
Debido a la edad solo tengo retazos del partido y de que nos alegrábamos de que el Cádiz venciera dos a cero al descanso (yo era del Barcelona, nada más). Lo que sí me acuerdo, es de la remontada que vino después y de que un jugador, fino, elegante, del que nadie conocía nada, resucitó al equipo blanco. Marcó dos goles para dejar el resultado 2-3. Aquél fue el debut de Emilio Butragueño en primera división. Y yo estuve allí.






