Creo que las noches eran más largas. Lo sé. Parecía que contabas con todo el tiempo del mundo para divertirte. Salías sin miedo a la noche, sin las cadenas de conocer la hora en que te levantarías al día siguiente, sin conocer a la persona que te encontrarías por la calle y podría conversar, en la plaza o en el bar, olvidando lo que habías hecho a lo largo de la semana y lo que encontrarías a la semana siguiente.
Ir de botellón, hace veinte años, era más que salir a beber en un parque. Era penetrar en un mundo fascinante, lleno de libertad, de charlas a la luz de la luna, de la noche nublada, del frío glacial, de reconocer rostros conocidos y otros no tanto, de estrechar la mano de los amigos, de conocer la noticia del perdido, de encontar el sitio que solías frecuentar para quedar.
Hay un día, en la vida de todos, un día que desconoces cuando será, que reconoces que nunca más podrás volver. Que en aquél parque por el que pasas ahora después de tanto tiempo, dejaste a tus amigos, sus charlas y su talento. Sabes que la vida avanzó, que tomaste el tren que se marchó para no volver más. Que miras aquellos polletes, aquellos bancos y aquellos setos y ya no están. Pero dentro de tí recuerdas aquellos momentos, los recuerdas, sonries. Luego, suena el móvil, la vida sigue.
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