La Baranda era un sitio de paso. Un bar abierto con una planta y algunas máquinas recreativas (sobretodo recuerdo el tetris situadas en la parte de abajo). Supongo que le venía el nombre de la pasarela que ascendía hasta la planta primera, con sillas largas y oscuras y mesas redondas. No era muy grande pero si lo recuerdo como un lugar agradable y de paso. Siempre fue referencia para quedar con los amigos. Aquella esquina de Baranda.
Justo al lado estaba Mool. Renombrado con distintos nombres, recuerdo una escalera para acceder frente a una linea de vespinos estacionados cerca de su puerta. Tras un pasillo que hacía de vestíbulo, se accedía por una puerta negra hasta un interior que permanecía oscuro y con destellos y luces deslumbrantes. Un estrado elevado, espejos en las paredes y cubos negros que se elevaban para que los que bailaban pudieran subir y así exhibirse sin verguenza ni mesura.
Eran tiempos de chalecos negros sobre camisetas blancas, de fiestas de espuma, gomina y laca, de laser coloridos con bolas de espejos a través de vapor blanco de agua y glicerina. Cuando los vespinos reinaban en las calles de la ciudad, sin casco y con paquete, los jóvenes se sentaban en el cesped de los parques públicos y las noches eran eternas. Donde la información se pasaba con una charla, el que fumaba lo hacía donde quería, entrabas si conocías al de la puerta y se mezclaba whisky con Vodka.
Aquella esquina de Baranda no existe. Se derrumbó bajo un edificio redondeado. Todos han olvidado sus luces, derruido sus cimientos, ignorado su historia. Yo miro hacia atrás y creo que merece un recuerdo. Aquella escalera alta, con suelos enlosados. Nadie recordará hoy aquellos momentos. Ni una foto, ni una palabra, ni un recuerdo.

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