Suena Roxette en la radio de un coche que circula por el inicio de la Calle Zaragoza. Es una música melódica y elegante que se extiende por la multitud de jóvenes que se agolpan por las aceras. Adolescentes, algunos subidos en sus vespinos estacionados, charlan y beben distendidamente en una noche de verano.
Es una noche de junio del 1992. Todos miran con una inocencia propia de su tiempo. Una mirada joven sobre los asuntos infantiles que les preocupan. Uno reclama atención sobre dónde se ha escondido el dinero para que los kinkis no le roben al volver a su casa. Otro se ríe de los pantalones levis que se remangó para que le vean los tobillos. Alguna niña mona se arroja en los brazos del chico con flequillo que la agarra por la cintura.
Todos son simpáticos con una litrona en la mano. La pasan mientras ríen y sueñan desenfadados. Hablan con media lengua, como si con el Colegio estuvisen peleados, sobre qué hacer en ese próximo verano. Los rizos oscuros de Yolanda están perfumados, los pantalones de Susana siguen rasgados y Pedro pone su cara más seria para que le crean sensato.
Eran una pandilla maravillosa. Libres y despreocupados. De las personas que son amigos sin compromisos ni enfados. Pero si había algo que los definía, de lo que puedo darme cuenta tras estos largos años, es que nunca pedían nada a cambio. No sé si fueron sus edades, o fueron los tiempos, o simplemente un milagro, pero realmente eramos felices sin necesidad de demostrarlo.

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