Un bar de Jerez, en la calle provera. Es tarde, hace algo de calor y las mesas de la terraza se llenan de gente que pide café y algo de merendar. Mi paso es lento, más lento de lo normal, porque camino observando el entorno como si de un niño se tratara. Una de las mujeres con modesto vestuario que toma café cruza mi mirada pero realmente se dirige al camarero que se encuentra detrás de mí llevando agua a alguna mesa.
-¿Cuánto me has dicho que és?- Pregunta la señora sacando el monedero y rozando con sus dedos las monedas. El camarero le indica con media lengua que dos euros y medio. Ella no se entera bien y saca un billete de cinco euros y rebusca entre las monedas. El camarero recibe el billete y algo más de calderilla, entre la incredulidad y el enojo. -¡Que ha sido un café y una media, mujer!- dice con cierto desagrado. Ella responde que se había enterado seis euros y medio.
Paso de largo y dejo la escena. Reflexiono mientras sorteo a los caminantes. ¿Cómo se puede pagar con tanta natualidad 6 euros por un café y algo más, sin la más mínima crítica, sin la menor oposición, como alguien que perdió el sentido de la vida, del dinero, del aprecio, del valor de las cosas? Al llegar a la esquina con calle Ponce, comienzo a entender.
Nuestra sociedad actual no ha ganado todo lo que tiene y le cuesta apreciar el valor real de las cosas. Si no lo ganaste con esfuerzo, no sabes lo que vale. Cuando eres acomodado, no has sufrido para conseguir lo que se tiene, la indolencia se instala en el corarón y te hace inmune a lo que ocurre a tu alrededor. Por eso vemos la corrupción, la injusticia social, la depravación de la sociedad, la quiebra de la democracia, como si en nada nos influyera, sin hacer nada más que farfullar. Enfermos de una insortable indolencia.
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